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En 1823, el cirujano jefe del Hospital General de Massachusetts, John Warren, se dispuso a realizar la autopsia a un cadáver de 2.500 años de antigüedad. Warren pensó que el examen de la momia egipcia -regalo de un mecenas que se había depositado en la sala de cirugía del hospital para recibir visitas de los curiosos- permitiría avanzar en el conocimiento de los antiguos. Empezó a cortar con cuidado el viejo lino y luego se detuvo. Había dejado al descubierto una cabeza ennegrecida pero exquisitamente conservada: pómulos altos, mechones de pelo castaño, dientes blancos y relucientes. Como Warren relató más tarde, se trataba de una persona, y “no queriendo molestarle” más, se detuvo allí.

El pasado mes de octubre, la prensa asistió a la apertura por parte de los arqueólogos egipcios de la primera de las 59 momias recientemente descubiertas para que todo el mundo las contemplara, revelando un cuerpo perfectamente envuelto. El vídeo del acontecimiento se hizo viral, y la reacción en Twitter fue la siguiente: “Ni siquiera en la muerte pueden las personas de color escapar a los avances entrometidos y oportunistas de los blancos”, escribió un usuario, en un tuit que obtuvo casi un cuarto de millón de likes.

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La cuestión de si es indecoroso, macabro, irrespetuoso o incluso racista exponer cadáveres antiguos, o si es una noble contribución a la ciencia y a la educación, ha dado la lata a las exposiciones de momias desde que Warren tomó su bisturí hace casi 200 años. Y la atención que el movimiento Black Lives Matter presta a las cuestiones de propiedad y apropiación cultural no ha hecho más que alimentar un persistente dilema ético para los museos y los expertos que estudian las momias.

La cuestión es objeto de foros académicos y trabajos académicos, pero…

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